CiFi infernal
- 6 jun 2018
- 5 Min. de lectura
La cultura cinéfila de Virgi siempre fue algo precaria, pero no por su falta de interés, sino porque en su sociedad el cine era poco menos que un simple entretenimiento (como en el lejanos inicio del siglo XXI), todo debido a los grandes casos de acoso y violaciones que hubo en la industria, y que en parte sustentaban la economía del sector, así que los únicos interesados en llevar historias a la gran pantalla eran poco menos que frikis que la sociedad trataba como parias, inadaptados, o como dijo una vez un gran humorista; eran los nuevos maricas o negros. Nadie veía cine, y nadie quería verlo en realidad, por eso cuando uno de los nuevos seguidores de mi hijo llegó al hogar con una gran maleta que sonaba a plásticos chocando entre sí, Eva comprendió qué había en su interior. ─¿No llevarás VHS ahí dentro, no? ─Pues no ─abrió la maleta y se derramaron en el suelo mil caratulas de películas míticas de los mejores años del ya desaparecido Hollywood. ─, son videos Beta. Virgilio los observaba asombrado mientras Eva, llena de alegría, comenzó a agradecerle al chico aquel gran regalo con una paja con sus descalzos pies. ─Vaya… ─decía el chico, casi tartamudeaba, a cada caricia de la madre del nieto del Diablo. A mi hijo le sudaba mucho la polla aquel gesto de Eva, a él solo le tenía obsesionado aquellos extraños objetos a los que no adivinaba su utilidad, pero tuvo que esperar hasta que el chico descargó sobre los descalzos pies de Eva para preguntarlo. ─Es muy sencillo, mi señor ─Eva tomó las riendas de la explicación debido a que el chico había muerto por orgasmo (había sido su primera masturbación en público, y eso hay gente que no sabe llevarlo con naturalidad) ─, déjame que lo monte todo y te lo enseño. Dentro de la maleta también había un reproductor Beta, así que solo tuvieron que enchufarlo todo a la televisión (ríete tú de McGiver) y decidir qué película iba a ser la primera en visionarse. Todos los títulos no significaban nada para Virgi; Star Wars, Independence Day, La pequeña tienda de los horrores, 2001 odisea en el espacio, y al menos 500 títulos más que eran como oír caer la lluvia. Así que Eva volvió a tomar las riendas de la situación y puso, sin mirar, una de las cintas. Pasaron las primeras 24 horas sin que casi nadie se levantase de sus butacas (que Virgilio había hecho aparecer y que imitaban a las del teatro Kodak de Los Ángeles), ni siquiera para orinar o defecar, dejando el suelo hecho un asco por esa mezcla de excrementos, palomitas resecas y refresco con gas derramado. Pero lo que nadie notó fue que a cada película que mi hijo veía había algo, muy profundo y que provenía del niño interior hijodeputa que todos tenemos, que dejaba escapar al mundo exterior, y que, mientras todos disfrutaban y descubrían las películas más emblemáticas de la ciencia ficción, destruía una vez más el mundo y conseguía que la raza humana aprendiera una lección (aunque ésta vez no está muy clara, pero a nadie le disgusta un buen muerto en la calle). Lo primero que hizo que el mundo se pusiera en alerta fue una monstruosa nave esférica que comenzó a pasearse por el cielo de todo el planeta. Los primeros científicos señalaron que era de otro planeta, pero la gente de a pie sabía que aquello tenía que venir de la mente de un humano: ¿por qué si no iba a tener esa forma de teta tan característica con su pezón rojizo, y lleno de porosidades, que dejaba caer monumentales gotas de leche que, al caer por ejemplo en mitad de la nueva New York, había inundado todo el nuevo Central Perk (en homenaje a un serie que todos tomaron por datos históricos verídicos)? Aquello tenía locos a todos los varones del planeta, que corrían bajo la nave con el pene duro y fuera mientras gritaba ¡déjame hacerte una cubana! o ¡quiero descargar en ti!, lo que le supuso a la nave mucho menos esfuerzo para amontonarlos en medio del Sahara y ahogarlos en una ráfaga de leche hirviendo con sabor a nata fresca. Debo añadir que la gran mayoría de los finados tenían la boca abierta en el momento de pasar al otro barrio. Cuando los humanos de clase media fueron exterminados, era hora de centrarse en los líderes mundiales, que escondidos en sus búnkeres esperaban a que acabaran aquellos extraños sucesos. Pero entonces Eva cambió de cinta, y Virgilio se dejó llevar. De nuevo. Una sombra de un porrón de kilómetros cuadrados cayó sobre la Casa Blanca, el Kremblin y la Moncloa (y los demás edificios donde descansan los gobernantes, pero que ahora no recuerdo), lo que hizo que la alerta llegase a límites tan elevados que tuvieron que inventarse nuevos colores y números. Y, claro, la curiosidad al final pudo con los líderes, que al asomarse por las ventanas de sus habitaciones presidenciales descubrieron horrorizados como dos nalgas peludas y llenas de arrugas sobrevolaban sus hogares sin moverse un ápice. Aquello era claramente una amenaza y cuando pasó lo que todos estáis pensando (sí, lo siento, pero allá va), por primera vez en mucho tiempo los jefes del mundo se vieron bañados en lo que eran a ojos del mundo. Litros de diarrea con olor a cocido y lentejas, galones y más galones de una plasta tan inmunda que ni describirla puedo sin caer en insultos o palabras mal sonantes (como por ejemplo “jodidamente horrorosa y me cago en la puta de oros y la madre que pario al coño que engendró esos putos culos llenos de la peor puta mierda que ha tenido la suerte de oler la hijadeputa de su madre”; o algo así) cayeron sobre los edificios, cubriéndolos en su totalidad y apestándolos para la eternidad. Los que no murieron por el golpe de los tropezones de comida que contenía la mierda, se ahogaron al llenarse sus pulmones del gas tóxico o del espeso líquido que como la lava virgen comenzó a cubrir todo cuanto tocaba, convirtiéndolo en la misma mierda que había sido su objetivo principal. Las películas siguieron, y la imaginación de Virgi explotaba como pequeñas tracas de Valencia, creando plantas carnívoras que nacían de las bocas de las personas y las devoraba entre chorros de sangre; sonidos espaciales con luces rojas que convertían los tímpanos y ojos de los que las sufrían en papilla humeante; y, bueno, podría seguir durante las mismas horas en las que mi hijo disfrutó del mejor cine de todos los tiempo, pero este capítulo ya está quedando muy largo y si queréis más solo tenéis que pedirlo y haré una segunda parte. ─Mi señor ─sin cerrar los ojos, lleno de júbilo, uno de los seguidores de Virgi preguntó ─, ¿podemos verlas otra vez? La peste del cuarto era insoportable, lo que no pegaba mucho con todas las sonrisas que maquillaban las caras de los presentes. ─Hermanos ─Virgilio Delfín se levantó y se acercó al video, chutando unos grumos sin un origen fácil de describir y ajeno a toda la sangre y semen y leche y huesos pulverizados que se habían derramado por su culpa en el mundo exterior. Y entonces lo peor que le podía pasar al mundo sucedió ─, ¡desde el principio!
























Comentarios